Entrando en los hogares del alumnado

Puerta en el casco antiguo de Funchal.

De este período extraeremos muchos aprendizajes y descubrimientos, incluso sorpresas. Una de las últimas que nos tiene emocionadas es la acogida que nos dispensan las familias de nuestro alumnado cuando entramos en sus hogares a través de las vídeo-conferencias. Siempre tuve muchos reparos y consideré una intromisión meterme en la intimidad familiar, pero ahora parece que todos perdimos ese recato en aras de mantener vivo el apego con los niños y niñas. Y resulta muy bien, francamente maravilloso.

Cuando hacemos encuentros colectivos, estamos tan entusiasmados y alegres con el reencuentro que ni tenemos tiempo para “entrar”. En esos casos, parece que subimos todos a una nube y allí saludamos, celebramos, admiramos y escuchamos poco pues estamos muy enredados en atender a todo.

Pero la cosa cambia mucho cuando concertamos encuentros individuales con cada familia. Ajustándonos a sus tiempos. Sin prisas. Dejando espacio para saber de ellos, para contar sobre nosotras, para admirar todo aquello que nos quieren mostrar: juguetes, enredos, trabajos o secretos, recetas, libros o películas. Cada vez que finalizo, no puedo más que dar gracias por abrirme las puertas de su hogar, por recibirme toda la familia congregada alrededor de la pantalla. Hacen que me sienta como cuando te invitan a un café y conversación en casa de unos amigos. Sé con certeza que a las familias también le gustan estos encuentros; estrecha nuestra confianza. Y a los pequeños ni os cuento. Hasta los callados transforman en locuaces. En la seguridad de su hogar gustan de contarnos cómo ocupan el tiempo, a quién echan a faltar y de mostrar la cercanía que tienen con nosotros.

¿Que cansa mucho? Sin duda. Tanto como si lo hiciesemos presencialmente. Más incluso que veinticinco tutorías sucesivas. ¿Que supera lo que sería nuestro horario/calendario lectivo? Ya, pero creo que no preciso ni contar sus ventajas en cuanto a la confianza, al mantenimiento del vínculo, a la ilusión que le hace a los pequeños recibirnos en su terreno o a la información/observación de primera mano que obtenemos sobre su evolución, máxime ahora que tenemos que hacer una evaluación “a ciegas”.

Es necesario también decir que estoy viendo a los pequeños absolutamente felices de tener a los padres a su disposición todo el día, de que pasen tiempo con ellos jugando, hablando o compartiendo tareas cotidianas. Sé que el drama está ahí, pero los progenitores también me manifiestan que en este tiempo redescubriron a sus hijos. Manifiestan todos que no les preocupa “el tiempo perdido en la escuela”, saben que eso se puede recuperar, sin embargo perder la infancia de sus hijos sería irreparable. Bien sé que no es la opinión de todos los padres. Bien sé que hay quien está agobiado por saber con quién dejarán los hijos cuando se reincorporen a sus trabajos. Supongo que eso estará en cabeza de todos. Ahora bien, estoy emocionada al ver cómo reconocen lo que esto les supuso a nivel familiar y de percibir el bien-estar de los pequeños.

No creo que sea casualidad que todos los padres nos den las gracias por ocupar un lugar tan importante en la vida de su hijo o hija.

Lo que decía: las cosas buenas del tiempo de pandemia.

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