Nuestra aportación a la educación infantil

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Clases al aire libre

In EncienciArte on 04/05/2017 at 23:37

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En esta nueva cruzada por naturalizar la vida de los más pequeños, se están desarrollando iniciativas que van desde lo más radical hasta otras más paulatinas en función de la acogida y compromiso que encuentran en la comunidad educativa, así como del ideario del centro. Colegios que realizan parte de la jornada en la calle aprendiendo a partir de lo que van encontrando y, otros que están reverdeciendo sus espacios exteriores. En cualquiera caso, es una tendencia al alza. Aun así, hay quien dice que le gustaría hacerlo pero que la normativa del centro no se lo permite; pues habrá que ir dando argumentos y arañando horas para sacar los niños a la calle.

El próximo día 18 de mayo, tenemos como pretexto una iniciativa internacional que fomenta llevar las clases afuera. “Aprendiendo al aire libre”, en la última convocatoria logró que se adhiriesen cerca de cuatro mil centros de todo el mundo. Para quien nos pregunta qué pueden hacer, cómo programar la jornada, lo más aconsejable sería dejarse llevar. Como sugerencia unas fotografías que no precisan de mucha más explicación pero cualquiera de la profesión puede intuir los objetivos y contenidos que encierran.

Si aún quedaran dudas de los beneficios del contacto con la naturaleza, recomendamos el visionado de este vídeo sobre los baños forestales.

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Naturaleza aislada, envasada y esterilizada

In EncienciArte on 02/05/2017 at 07:29

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Hace unos días asistimos a la charla La necesidad de la naturalización del entorno escolar, del escritor y comunicador ambiental Antonio Sandoval, encuadrada en la XVII Campaña municipal de animación a la lectura del ayuntamiento de Santiago. Fue un auténtico placer escuchar el motivo por el que escribió el libro “El árbol de la escuela”, publicado en Kalandraka con las ilustraciones de Emilio Urberuaga, y así arrancó su alegato a favor de la naturalización de los centros, instándonos incluso a la “desobediencia civil” (parafraseando a Thoureau), ya que somos los docentes los que tenemos que tomar la iniciativa de que por encima de las normativas constructivas, de los reglamentos de los centros y de las demandas de seguridad y de limpieza de las familias, está el bienestar físico y psicológico de los niños, que precisan sin más dilación de la vitamina N (naturaleza), de la que habla Richard Louv, pues todos adolecen del trastorno por su déficit. Nos dio sobradas razones para convencernos de que de seguir como hasta ahora, la salud de los pequeños se verá resentida en el futuro, con tal motivo fue desgranando todos los acuerdos firmados en esa linea por destacadas organizaciones internacionales.

Como siempre, el problema radica en que los que allí estábamos no necesitábamos de que nos persuadiese, en cambio, hay muchos docentes que no quieren saber nada de meter la naturaleza en las aulas ni de llevar las aulas a la naturaleza; comodidad, falta de tiempo, responsabilidades, etc., son los argumentos que esgrimen avalándose en la legislación vigente y en los reglamentos de los centros educativos que vienen a darles la razón. Por ello, entonces no queda más que convertirnos en activistas de la renaturalización de las escuelas.

A decir verdad, ya somos muchos y muchas las que estamos convencidas de dar este giro hacia lo verde; ya se están viendo iniciativas como la de las escuelas bosque, la naturalización de patios, escuelas que desarrollan gran número de actividades en el exterior, etc., son pequeños pasos, que acabarán configurando una tendencia de la que poco a poco, se harán eco los medios de comunicación con  la consiguiente aceptación social. Ya se ven brotes verdes.

A nosotras lo que nos preocupa son los sucedáneos que pueden salir de esa línea, todos ellos deliberadamente impuestos por el mercado: el negocio de las actividades de los niños en la naturaleza, la perversión de la idea genuina en pro del beneficio económico. Llegado este momento del curso en el que hacemos salidas didácticas con los chiquillos, hay ya un nicho emergente en el que podríamos agrupar a todos aquellos que en una sesión de mañana o tarde nos ofrecen una experiencia “inolvidable” en la que a modo de time lapse los niños pueden sembrar, ver brotar, cosechar y procesar (pan, leche, vino, miel) en tan sólo un minutos, o por un casi nunca módico precio montar a caballo, darle el biberón a un cordero, incubar y ver como nacen los pollitos de los huevos que ellos recogieron en el gallinero. Todo ello respetando los controles de seguridad sanitaria, alimentaria y animal o vegetal y acompañado por las explicaciones de personal especializado en cada caso. Es decir, estamos llevando a los pequeños a parques temáticos de la naturaleza, donde esta se nos presenta aislada, envasada y esterilizada.

Paradojas de la educación, para enseñar lo natural recurrimos a lo artificial. Para hacer eso, casi mejor ponerles un vídeo en la escuela. Sabemos con certeza que los niños volverán contentos, algunos incluso verán lo que nunca vieron, pero no es eso lo que debemos pretender o mejor dicho no es así como lograremos poner a la infancia en contacto con la naturaleza.

Si a decir verdad queremos renaturalizar la vida de los pequeños hay dos condiciones que no deberíamos perder de vista:

-La naturaleza hay que normalizarla; en mayor o menor medida, tiene que estar presente en la vida cotidiana, en el día a día de cada niño y niña. No se trata de hacer una sofisticada experiencia anual sino más bien de una pentasensorial vivencia diaria. Siempre será mejor poder cuidar de unas plantas que sembraron en unas macetas preparadas por ellos y de las que llevaron cuenta de los días hasta que las vieron brotar, crecer y fructificar, que una espectacular visita, aunque sea a la huerta de permacultura del Gigante Verde o a los nuevos jardines colgantes de Babilonia.

-El componente afectivo no es desdeñable; al igual que sucede con la animación a la lectura, con la educación en valores, con la educación en general, enseñamos más con el ejemplo  que con las lecciones magistrales, y nosotros, los docentes tenemos que ser los mediadores entre la vivencia con la naturaleza y los pequeños. No necesitamos los circunloquios de los expertos en plantas, en jardinería, en agricultura o en ganadería, precisamos mostrar el placer que nos produce el contacto con el medio natural; si somos capaces de transmitirles eso ya podemos dar por bien hecha nuestra labor. Sobresaturamos de didactismo lo que tiene que entrarnos por el simple disfrute.

Es mucho más sencillo y mucho más barato de lo que puede parecer, la pregunta que nos asalta siempre es, y entonces ¿por qué no lo hacemos? ¿En verdad creemos que realizamos algo significativo por la naturaleza, celebrando un día dedicado a la madre Terra, al medio ambiente, al agua o a los bosques?

Las salidas hay que desarrollarlas en espacios naturales-naturales, me valgo de la redundancia para diferenciarlos de otros de carácter educativo-lúdico-artificial, de los que sin descartar el valor de sus actuaciones no pueden ser substitutivos o usurpar el lugar que de por sí le corresponde  al entorno natural tal y como lo podemos encontrar sin ir a un espacio creado ad hoc.  Estar en la naturaleza no puede ser ir a una aula más, tiene que ser una vivencia que a veces ni requiere de explicaciones, tan sólo de la admiración y de la recreación, precisando para ello de la calma y del sosiego.

Mientras no entendamos esto, la naturalización de las escuelas puede ser una cuestión decorativa o una experiencia lúdica anual, pero no conseguiremos los objetivos de mejorar las condiciones de vida y salud de los niños ni de que “termen” (custodien) el paisaje”, como bien decía Marilar Aleixandre en su discurso de ingreso en la RAG, en el sentido de cuidarla, mirar por ella y sustentarla.

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Pintando el fondo del mar

In CativArte on 23/12/2016 at 11:22

 

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Nos gusta contar en clase con la ayuda de personas “expertas” que ponen su conocimiento y habilidades al servicio de nuestras dudas o problemas. En esta ocasión recurrimos a la experiencia de la amiga Amalia Costa Bouzas, una artista plástica que, entre otras muchas temáticas, tiene especial predilección por plasmar en sus obras fondos marinos, charcas y reflejos del agua.

A lo largo de este otoño, climatológicamente tan bondadoso, nuestro alumnado con sus familias aprovecharon para dar muchos paseos por la orilla del mar, de los que siempre nos traían tesoros (conchas, trozos de madera, piedras y arena) que queríamos tener presentes en el aula para rememorar esos momentos tan placenteros para ellos, así, me habían pedido que hiciese un cuadro con ellos. Realizamos una presentación que teníamos en un rincón del aula junto con otras colecciones de conchas, pero no acababa de ser totalmente de su agrado, ya que según me decían, no les recordaba el mar ni olía a mar…, lo que nos pedían era todo un reto.

img_4035Estábamos ante uno de nuestros “problemas” al que había que buscarle solución para lo que solicitamos la colaboración de Amalia. Llegó cargada de recursos: fotografías de pozas marinas que le sirven de inspiración, conchas, erizos, estrellas, trozos de madera y de cristal pulidos por el mar, corales y piedras.

Tras mostrarles todo esto y conversar sobre el objetivo que pretendían, se puso manos a a la obra: con un tablero de madera y pigmentos les dijo que recrearía un fondo marino. La sorpresa llegó cuando como utensilio para pintar sacó un secador de pelo. No daban crédito a lo que veían, pintar con un secador, esto incluso superaba todas nuestras anteriores extravagancias.

En verdad, tras todo un proceso en el que fue acomodando la pintura con el efecto del viento, el resultado es espectacular por los efectos creados así como por las texturas que fue dejando que se asemejan al agua en movimiento sobre la arena.

Tras el secado, no quedó más que añadir los elementos.

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Ahora sí están satisfechos del resultado, esto sí que les recuerda una de esas charcas en las que ellos suelen jugar en los días de playa. Nosotras también lo estamos por todo el rico proceso que nos condujo a este resultado fruto de mucho debate y de mucho pensar para la resolución de un problema.

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Pintando la piel de los árboles

In CativArte on 18/11/2016 at 19:31

Continuación de “La piel de los árboles”.

Buscando imágenes de la corteza de los árboles encontramos la web de Cédric Pollet, un fotógrafo botánico y arquitecto paisajista que recorre el mundo fotografiando la piel de los árboles; ha publicado libros y realizado exposiciones con esas espectaculares fotografías, así imparte talleres para escolares en los que explica curiosidades sobre los árboles. De su galería, organizada por el color de la corteza (blanca, roja, rosa, amarillo, verde o azul), observamos muchas fotografías, de las que nuestro alumnado opinaba que eran pintadas. A continuación les mostramos otras del eucalipto arcoiris y como no lo conocían insistían en que eran pintados con pintura o con los reflejos del sol, por lo que tuvimos que echar mano de árboles que fueron pintados como en el emblemático Bosque de Oma o el Ecoespazo O Rexo de Agustín Ibarrola, entonces quedaron fascinados y nos preguntaron por qué no pintábamos nosotros los  árboles.

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Tuvimos que buscar una alternativa y acordamos que pintaríamos la piel de los árboles como nos gustase y que luego las colgaríamos como si fuese un bosque. Este es el resultado de este trabajo plástico sobre un soporte diferente, que produce sensaciones visuales, efectos de movimiento, olores, al tiempo que desarrolla la sensibilidad artística y estética.

Ver presentación.

La piel de los árboles

In EncienciArte on 18/11/2016 at 08:07

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Llevar al alumnado a “pensar con la piel” es una de las constantes de InnovArte, así aprovechamos cualquier ocasión para desarrollar el sentido del tacto, verbalizar las sensaciones que se perciben a través de él y conectar esas percepciones con otras conocidas o guardarlas en la memoria para poder rescatarlas cuando vuelvan a sentir algo semejante. El sentido del tacto aporta una información ingente que sin embargo en la escuela lo reducimos a duro/blando, caliente/frío o seco/mojado, pero hay mucho más, pensar con la piel puede ser fuente de ricos aprendizajes.

Este otoño tan amable que permite tantos paseos y que invita a caminar por el monte noss está proporcionando “tesoros” diarios (hojas, ramas, semillas, piñas, frutas) que nos traen nuestros niños y niñas, especialmente tras el fin de semana o festivos. Así fuimos juntando cantidad de trozos de corteza de los árboles, por lo que pensamos en hacer algo especial con ellas, dedicándole un tiempo a saber más de la piel de los árboles.

Tocar, sentir y ponerle nombre a lo que perciben.

Comparar en función de la suavidad o aspereza.

Pesar comparando grosor y tamaño.

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Sentir el calor o el frío que emana de la piel de los árboles.

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Conocer otros seres vivos que habitan en la corteza de los árboles.

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Ver as marcas (surcos, grietas o cicatrices)  que deja el crecimiento y la vida en los árboles.

Ver la estructura de la corteza en función de la especie arbórea.

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Con tal motivo hicimos una salida a un bosque cercano a la escuela y allí pudimos observar con lupas, medir con los brazos, tocar, palpar y abrazar los árboles, disfrutar corriendo entre ellos, así como hacer calcos de su piel.

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Ver presentación.

Siempre decimos que para pensar con la piel la primera condición es sacarles el lápiz y el folio de la mano y dejarles tocar de todo sin miedo.