Nuestra aportación a la educación infantil

Las “rarezas” de las maestras de infantil

In RebelArte on 01/10/2012 at 08:14

Detesto profundamente ir a los parques infantiles, pero cuando no me queda más remedio, a veces observo cómo se relacionan los niños/as, cómo se comportan sus progenitores, o descubro cómo este es un lugar de encuentro y de charlas entre casi desconocidos. Uno de los temas más socorridos o recurrentes es la escuela y las maestras. Entonces no lo puedo evitar;  no es que sea una fisgona, pero sí que presto atención.

Ahora, a comienzo de curso, lo habitual es que hablen de las “rarezas” de la maestra que le tocó en suerte a su hijo o hija. Se escuchan parloteos de este tipo:

– “La nuestra no quiere que lleven mandilón, porque no le gustan, y el niño viene con la ropa manchada de pintura”. “Pues en nuestro centro tienen que ser de rayas rojas con botones”, “En el del mío le piden que lo leve sin botones con velcro por delante”.

– “La maestra de mi hijo prohibió los yogures de beber, porque dice se le caen siempre al suelo y lo ponen todo pegajoso”, “La nuestra les mande que lleven la fruta cortada en trozos en un tupper y con tenedor o cuchara”, “La de mi hijo quiere que lleven la fruta entera, ¡sin mondar!, y también frutos secos que me parecen peligrosísimos”, “La de mi hija dijo que lleven lo que quieran”.

– “El nuestro trae el mandilón cada día para casa y tiene que volver a la escuela con él puesto”, “Pues nosotros tenemos que sacarle las prendas de abrigo en la puerta del cole y llevarlas para casa”, “En la de la mía quieren que sean los pequeños los que se pongan y saquen la ropa. ¡Pobrecitos!”.

– “La maestra de mi hijo tiene tortugas y peces en el aula, y los fines de semana los pasan en casa de cada niño/a”. “La nuestra nos manda un muñeco de color para que lo cuiden como si se tratase de un hermanito y así asuman responsabilidades”, “La de mi hijo nos manda libros para que se los contemos”.

Cuando unos y otros se preguntan las razones de esas rutinas y/o imposiciones escolares, se encogen de hombros y dicen: “manías de la maestra”. Nunca llueve a gusto de todos, pero el grado de tolerancia con estas “excentricidades” va siempre en consonancia con el grado de simpatía y respeto profesional que le tengan a la interfecta. Algunos los rebaten y otros incluso repiten con aceptación los argumentos dados por la docente.

Todos sabemos que cualquier razón dada, cuando se repite fuera de contexto, puede sonar ridícula o absurda. Ahora bien, habría que saber cuántas de las normas antes apuntadas, tienen una base que persigue el bienestar, la autonomía y el crecimiento personal de las criaturas y cuántas de ellas vienen marcadas por la comodidad, por malas experiencias pasadas o porque se las escucharon a alguien y las adoptaron en la clase sin más cuestionamientos.

Cuando marcamos las normas de funcionamiento de centro y de aula, es conveniente revisarlas a la luz del sentido común y no perder nunca de vista que nuestra función es la de ayudar al desarrollo integral de los pequeños, al tiempo que deberíamos procurar no dilapidar el prestigio y credibilidad de nuestra profesión.

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