¿Y si cierran las escuelas infantiles?

“La persistencia de la memoria”, Dalí

Si finalmente sucede lo que no queremos, ahora ya no valen los “entretenimientos” del primer confinamiento cuando no sabíamos cuánto iba a durar aquello y cuando nunca nos habíamos visto en cosa semejante. Habrá que establecer una estrategia con unas directrices institucionales que lógicamente no pasarán por mantener a los pequeños cinco horas pegados la una pantalla. Abundan las razones en las que no nos vamos a detener porque en está en la cabeza de todas que no se trata de que las maestras de infantil preparen sesiones diarias contando cuentos, cantando canciones, desarrollando conversaciones, jugando o haciendo psicomotricidad… ¡No habrá criatura que lo aguante!

Solemos decir que la memoria es frágil, especialmente cuando se trata de reconocer el aporte de alguien a la sociedad. Nosotras siempre tenemos presente la labor desarrollada por la Fundación Peescolar en la Casa. Una iniciativa pionera en el mundo, nacida en Galicia en 1977, cuando no todos los pequeños podían acudir a una escuela próxima al hogar debido a la dispersión poblacional de nuestra comunidad. Con los escasos recursos tecnológicos de esa época, grupos de comprometidos profesionales bien formados, reunían quincenalmente a las familias para dotarlos de pautas de crianza, de educación, de psicología y de pedagogía. Se complementaba con programas semanales emitidos por la televisión y radio regional. Hasta su desaparición en 2012, varias generaciones de gallegos recibieron una primera educación de calidad gracias a PnC y a la implicación de sus familias.

He ahí la clave: las familias como mediadoras.

Trasladándolo al presente, sería perfectamente factible y viable, más con los medios tecnológicos con los que contamos, entendidos estos como un recurso y no como un sustitutivo. Debemos partir de la premisa de que la educación infantil debe ser mediada por los progenitores que recibirían apoyo experto para su tarea, además de actividades por parte del profesorado que atiende a su hijo o hija en la escuela. Así conseguiríamos reunir en un ejercicio de corresponsabilidad educativa la prevalencia de la familia y de la escuela como primeros agentes educativos.

Escuelas de madres y padres (o abuelos) para que sepan sacar provecho de la vida cotidiana en la educación de los más pequeños. Sencillo. Posible. Sin saturar a las familias, sin abusar de las pantallas, sin esclavizar a los niños. Recuperando el patrimonio y responsabilidad parental.

¿Y quien lo haría? Afortunadamente, tenemos grandes profesionales que sabrán orientar y coordinarse con las maestras tutoras para que haya concordancia y no solapamiento entre las funciones. Recuerden que estamos hablando de algo muy profesional, no de iniciativas ridículas como algunas nacidas en el anterior confinamiento en las que pensaron que con poner en un programa de televisión a unas mujercitas aniñadas y cursis haciendo manualidades o coreografías ya tenían arreglada la atención educativa a la infancia.

Tan sólo pedimos respeto para las niñas y niños, para las familias y para las profesionales de la educación infantil.

Recuerden: no todo vale y esto tendrá graves consecuencias.

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