El virus de las metodologías reproductivas

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En estos extraños días las maestras de infantil nos encontramos ante un dilema: tenemos que facilitar trabajo on line a nuestro alumnado o damos recomendaciones. Trabajo on line tan sólo pueden ser fichas para completar, repasar, colorar o recortar. La otra opción que se está adoptando es facilitar enlaces web donde encontrar recursos y juegos “educativos”. Más de lo mismo pero con la pátina de lo tecnológico.
De no hacerlo, alguien podría reclamar porque no estamos facilitando los aprendizajes y continuidad académica a las niñas y niños. Se vendría a corroborar que los maestros somos unos perezosos que solo estamos atentos para coger días libres; sea por virus, por temporales, por festivos, puentes, vacaciones o horario, dicen que nuestro calendario es el más envidiado por el resto de los trabajadores. Tenemos que salvar la imagen corporativa, y ahí estamos todas mandando fichas decimonónicas para descargar e imprimir y así tener a los niños enredados.
De no hacerlo nosotras, abunda “gente de buena voluntad” que está poniendo los pequeños en el buen camino. Que no pierdan el tiempo; la red está llena de ofertas de las que pueden echar mano los padres para que sus niños no pierdan la posibilidad de ir a una universidad de prestigio. Los que más se están esmerando son los que se juegan la clientela, las editoriales de material estandarizado.
Así, además de estar contagiados con el COVID-19, quedaremos infectados por los virus de las metodologías reproductivas. Coinciden los dos virus en que no tienen patas, los mueven las personas que, con buena intención, van de un lado a otro inoculando por contacto algo que tarda en manifestarse pero queda ahí latente, afectándonos a los más veteranos, a los que vivimos ya muchos avatares pero manteníamos encendida la llama de las metodologías activas. Las consecuencias de ambos marcarán un cambio de época. Nada volverá a ser igual.
Una vez más estamos desaprovechando una oportunidad. Culpa nuestra y culpa de las familias. Los pequeños, los pobres, harán lo que se les pida. Serán buenos robots, copistas, amanuenses o lo que queramos en lugar de ser buenos hijos, buenos ciudadanos, buenas personas, buenos pensadores… No es asunto trivial. No deberíamos  tomarlo tan a la ligera dejándonos llevar por las fuerzas que nos arrastran a donde nunca nos dejaríamos ir.
Nosotras, mi hermana y yo, no nos escolarizamos hasta los seis años, ya que por aquel entonces no había ni párvulos, ni preescolar ni infantil así, con la visión de hoy, “perdimos” nuestra maravillosa infancia en casa con nuestra familia. Tuvimos la suerte de que nuestra madre nos ponía a su lado tanto a limpiar el polvo, como a ayudarle a hacer las camas, a amasar empanadas, a cavar en la huerta, desgranar guisantes, escoger lentejas o coser botones, mientras nos contaba cuentos o nos cantaba canciones o decía “despertarnos los sentidos” poniéndonos a oler el aroma de las flores. Cuando íbamos con nuestro padre, nos decía el nombre de todos los árboles, de las vacas, de los tiempos de las cosechas, aguantábamos el recogedor mientras él barría o de la llave de paso mientras regaba las plantas; con sus acciones, sin palabras, nos hablaba de respeto al medio y a los recursos naturales. Nuestra tía nos llenaba la imaginación con cuentos tradicionales mientras nos llevaba a moler al molino o en el carro a las fincas. Nuestros abuelos nos hablaban de la gente de sus tiempos, de lo que celebraban, de lo que recordaban y de lo que amaban. Y nosotros, los hermanos, cuidábamos los unos de los otros, un poco jugando y otro poco peleando. Vivíamos y convivíamos, crecíamos y aprendíamos, nos espabilamos y valoramos esos aprendizajes. Creemos que somos lo que somos gracias a la infancia que tuvimos.
Es de lo que nos acordamos y no de las tareas escolares. Andando en el tiempo y con la mirada deformada por la profesión, nos percatamos de cómo nos entraban los conceptos matemáticos cuando nos mandaban poner la mesa con los platos, vasos, tenedores y cuchillos para todos o cuando íbamos a buscar los huevos al gallinero; de cómo comprendimos la secuencia temporal al tener que organizar nuestras acciones para no tener que repetirlas; de cómo comprendimos la simetría cuando al doblar la ropa que recogíamos del tendal o al emparejar calcetines; de cómo ejercitábamos la lengua oral con las adivinanzas, trabalenguas o cantigas que recitábamos; de cómo estimulaban nuestra autonomía y autogestión personal dándonos encargos y responsabilidades; de cómo entrenamos la motricidad fina desgranando maíz para las gallinas; o de cómo vivenciabamos las emociones y los afectos a través de las relaciones.
Y aquí estamos. Aparentemente no presentamos defecto alguno a pesar de que no hicimos fichas todos los días. Así que relájense. Vivan estos días como familia. Apaguen los dispositivos y pantallas. Hablen, comenten, debatan. Trabajen juntos, compartan las tareas. Dejen que los sus hijos estén a su lado, no traten de apartarlos para así poder hacerlas más rápido, piensen que lo que nos sobra ahora es tiempo…, aprovéchenlo con sus hijos. No lo pierdan descargando fichas y castigando a sus pequeños haciéndolas. Es la oportunidad que nos brindan estos tiempos convulsos. Puede ser tan positiva en el campo familiar como en el experiencial.
Y nosotras, las maestras defensoras de las metodologías activas, del aprendizaje significativo, del valor de las experiencias cotidianas, de la didáctica de proximidad, de partir de los intereses del alumnado…, neguémonos a participar en este despropósito educativo. No seamos portadoras del virus de las metodologías reproductivas. No actuemos como máquinas dispensadoras de fichas. No intentemos ser buenos robots, ya que, por fortuna, los buenos maestros no se pueden clonar ni sustituir por máquinas por mucho que haya quien se empeñe en hacerlo.
Que el día de mañana recordemos este impás como una oportunidad de volver a lo básico, a lo cercano y a lo fundamental en las relaciones familiares y sociales, dependerá en gran medida de aquello a lo que nos dediquemos. Así será tiempo perdido o ganado. ¡Nosotros elegimos!

2 Comments

  1. muchísimas gracias por expresar con tanto acierto, como siempre, lo que tantas maestras y maestros pensamos. Un abrazo.

    1. Gracias María José, el truco está en querer para los pequeños lo que querríamos para los nuestros. Un conocido nuestro, habla de la pedagogía de la sensatez vs pedagogía de la estupidez. Pues eso!!

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