Nuestra aportación a la educación infantil

Caramelos violeta

In ActualizArte on 01/11/2019 at 17:56

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De niña me regalaron una cajita de caramelos de violeta de la dulcería madrileña de la plaza de Canalejas. Quedé maravillada con aquellas pequeñas filigranas con la forma y color, sabor y olor de las violetas. Cuando finalmente los acabé, tras mucho dosificarlos  y regalar alguno como si de tesoros se tratase, aun me quedó el recuerdo del aroma en la cajita. Lo rememoro cuando necesito sentirme amparada y gusto conmigo misma. Analizo en este momento si eso tendrá algo que ver en que mi color favorito sea el lila empolvado. Aun hoy, cuando viajo a Madrid tengo una parada obligada en “La violeta”, entrar allí es como una vuelta a lo sencillo, a lo dulce, básico y fundamental: a la infancia. Los regalo con la ilusión de que mis amistades se sientan tan bien como yo al meter uno en la boca.

Por todo esto, cuando hace unos meses Mari Carmen Díez Navarro me adelantó el título de su nuevo libro,  ya deseaba leerlo. Para una devota suya, cualquier título sería motivo de celebración, pero he de reconocer que en este caso aún me hizo más ganas. Quedé intrigada por el motivo del título y mi sorpresa fue a descubrir en la introducción que a ella de niña también le habían regalado una cajita de caramelos de violeta. Leer su relato hace que nos vuelva el dulzor al paladar.

Tras la lectura del magnífico prólogo que le dedica María Emilia López a este, según ellas dos, libro-puntilla, intuyo que debe ser una gran conocedora de la trayectoria de Mari Carmen y de los ambientes de aprendizaje que solo ella sabe crear. Se nota en la mirada certera que le dedica.

Mari Carmen, como poetisa que es, en la puerta de entrada al libro, nos deja un poema que en sí mismo encierra toda la teoría, epistemología y fundamento de la educación infantil: “Aprender abiertamente”, podría ser un himno a la infancia, un credo o una cantiga para tener presente en todos los espacios frecuentados por pequeños. Dejo ahí la idea…

Aprender abiertamente
como aprenden los niños chicos
mirando, chupando, palpando, jugando, coleccionando,
como aprende la memoria a servir de despensa,
como aprende la emoción a hacernos saltar las lagrimas o las sonrisas.
(…)
Aprender abiertamente
que vivir tiene muchos días dentro,
que decir tiene miles de palabras,
que sentir tiene amor y tiene pena,
que querer tiene millones de besos.

Según la autora el libro viene a ser una recopilación de sus escritos en los últimos años en la escuela, organizados en dos partes: “Aprender abiertamente”, algunos de sus ricos y entrañables proyectos de trabajo, y “Una escuela acompañante” donde se centra en los procesos y personas que hacen del hecho educativo algo único e inolvidable. En todos ellos defiende la primacía del devenir cotidiano como hilo conductor de la práctica de aula, activando la curiosidad “que se transforma en trabajo, en relación, en conocimiento y en placer.”

Lo que más nos gusta del libro es su aparente sencillez. Una maestra que relata momentos en su aula que fueron fuente de aprendizaje, de relación y de afectos. Como si se lo estuviese contando a una compañera de trabajo: sin grandilocuencias, ni innecesarias justificaciones didácticas, sin trampa ni catón. No precisa recurrir a la enumeración de objetivos, competencias, contenidos ni criterios, pues tras la lectura cualquier persona de a pie será capaz de percibir todo lo que dentro de la actividad se esconde. Sus “ tejemanejes”, los juegos secretos, lo que el cuerpo tiene repetido, cómo se besa en el Japón, cómo hacen un programa de televisión o el paraguas de papel de una niña, las idas y vidas de pequeños de cinco años contadas con la humildad que solo una grande mujer y maestra es capaz de mostrar.

Pero al tiempo que nos va narrando su vida en las aulas, ella también va desgranando pensamientos y reflexiones propias alrededor de todo lo que tiene que ver con la educación infantil y con la didáctica de esta etapa. Y ahí radica a nuestro entender el gran valor de “Caramelos de violeta”, en su didactismo subliminal hacia quien lo lee. Mari Carmen nunca daría lecciones de nada, pero logra enseñarnos; ella no critica lo que otros hacen, tan sólo convence con su hacer; ella no rechaza lo diferente, pone en valor. Sin embargo con su misma actitud ante la vida y la profesión ya nos está dejando un ejemplo de referencia.

Tengo la seguridad de que muchas maestras cuando nos encontramos en una encrucijada nos preguntamos: ¿Y cómo haría Mari Carmen Díez Navarro? Cuando una docente consigue tal consideración no precisa de ninguno otro reconocimiento. Ella es un faro que nos alumbra el camino a muchas docentes o como ella misma dice, una “acompañante de pensamientos”, con una compañía activa e intencionada, con un ánimo provocador del razonamiento y de la búsqueda, en una acción que tan íntima y respetuosa como “es comer pan con el otro”. 

Admiramos a Mari Carmen Díez Navarro porque dice en voz alta lo que nos inquieta en nuestro fuero interno: pensar para qué ponemos a los niños a trabajar sin ton ni son, por qué no dejamos hueco suficiente para sus palabras, para qué queremos que nos reciten información lejana o irrelevante para ellos, y si nuestros objetivos deben estar condicionados por el currículo o por lo que ellos nos demandan. Como ella, creemos que solo es viable una “escuela que se adecue a los modos de aprender naturales de los niños y niñas como son: mirar, tocar, jugar, repetir, curiosear, contar, preguntar e imaginar.

Tras la lectura de experiencias como “El mate chino”, “El tren de los 100”, “ Pájaros en la cabeza”, “Las cosas bonitas”, “Mirarse el ombligo” o “ Los 1000 escalones de Martina”, llegamos al capítulo 11 en el que nos habla de la metamorfosis que viven los pequeños desde que entran en la escuela llegando un momento en el que “pasan de la magia a la lógica”, preguntan por los temas importantes de la vida; esos que intuyen básicos pero de los que no hablan con claridad: nacer y morir, ganar y perder, penas, sexo, peleas, amigos y enemigos. Es por ello que los compara con mariposas y analiza los cambios que se les notan.

Hasta que “A los 5, pego un brinco”. Dedica dedica el capítulo 12 a la dimensión del brinco (el paso a primaria, lo que supone ser “de los mayores”) y a acompañarlos en el tránsito cara una nueva etapa evolutiva. Se detiene en lo que denomina “lo previo”, lo que debe ser abordado en infantil sin pretender anticipar los contenidos de la siguiente etapa primaria. De este apartado tomamos una idea hermosa que ponen en marcha desde el momento en el que entran en la escuela y que luego le sirve para despedirlos: el librito “ Nosotros”.

Así, enredadas en la lectura, casi sin enterarnos, llegamos a capítulo 17, “ Contagiando pasiones”, en el que a modo de broche, nos habla de la importancia de transmitir a nuestro alumnado aquello que a nosotros nos hace latir el corazón, siendo esa la única manera de que el alumnado aprenda a “manos llenas y apasionadamente”.

No sabemos bien como dar las gracias a Mari Carmen Díez Navarro por todo lo que nos provoca con sus libros y artículos porque al tiempo soy revulsivo y bálsamo, estímulo y calmante, abundancia y austeridad, llenan de ideas y vacían de miedos…, y en los tiempos que corren, hay muy pocas personas que puedan lograr eso. Solo unos pocos privilegiados pueden decir verdades sin herir sensibilidades,  tener parroquia sin hacer apostolado , dejar un legado sin arrogancias. Ella sí porque es una Maestra.

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