Nuestra aportación a la educación infantil

Vida programada o vida real en la escuela infantil

In ReflexionArte on 04/06/2015 at 06:46

Casi llegando al final del curso, caemos en la cuenta de todas las pequeñas cosas que llenaron nuestra vida en el aula y que nos ayudaron a aprender, a convivir y a mejorar como personas. A pesar de que entran dentro de lo normal y habitual, ninguna de ellas estaba contemplada en las programaciones que entregamos en el mes de septiembre. Con todo, estamos muy satisfechas y agradecidas por todas esas oportunidades que nos brindó la cotidianeidad, más que de ninguna otra actuación programada con antelación por nosotras mismas, por el equipo de ciclo/nivel o por los de dinamización. Hace ya tiempo que queríamos escribir sobre esto, porque cada vez más, y fruto de la presión burocrática -que llena y pervierte nuestras horas de labor docente-, nos exigen programarlo todo. Y visto lo visto, no sabemos bien para qué. La escuela infantil, debería ser, cuando menos, un reducto libre de la fiebre programadora. La escuela infantil, debe ser un lugar para aprender viviendo y para vivir aprendiendo pero en la vida real, no en la ficción de la vida académica. A comienzo de curso, deberían exigiirnos una propuesta educativa, que no es una programación. Una propuesta educativa es una declaración de nuestras intenciones en cuanto a todas esas cosas que acaban produciendo tantos disgustos, discrepancias y debates entre las compañeras. Pero siempre sucede el incluso, no dedicamos tiempo a eso porque ya sabemos de antemano que suscitarán diferencias, entonces optamos por lo más cómodo, entregamos las programaciones –que no cumpliremos y que no leeremos las de las compañeras- y luego pasa lo que pasa: choques, discrepancias, saturación y sensación de llevar doble vida (una dentro del aula y otra de cara a los supervisores).

A nadie que actúe con sentido profesional le cabe en la misma hoja del mismo documento “trabajamos por proyectos didácticos que surgen de los intereses espontáneos del alumnado” o “empleamos una metodología activa de base *constructivista” y a continuación una batería de programaciones semanales, quincenales, mensuales o trimestrales, así como todo lo programado por los diferentes equipos del centro. ¡IM-PO-SI-BLE!

Aquí hay algo que no cuadra. Sólo caben dos posibilidades: o mentimos en la definición metodológica o bien en la realización de las programaciones. No puede ser. No casan unas afirmaciones con las otras. Pero a nadie parece importarle esta “insignificancia”. También cabe la posibilidad de que lo que le llaman “trabajar por proyectos” no sea tal. Pudiese ser que estén errados en las editoriales y en muchas aulas y que denominen trabajar por proyectos lo que en realidad es trabajar por centros de interés que dan lugar a unidades didácticas. Así puede ser. Y no pasa nada, pero entonces habrá que ajustar la justificación didáctica. Habrá quien diga que eso no es más que un error de nomenclatura, pero es un error de concepción metodológica y didáctica; que como decía antes, no pasa nada, pero cada una de estas formas de entender trabajo docente suponen una praxis distinta. Esto sería largo y necesitaríamos mucho tiempo para explicar que trabajar por proyectos (que nosotras no lo hacemos) es más que poner un cartel con las consabidas preguntas “¿Qué sabemos?, ¿qué queremos saber?, ¿dónde encontraremos información?”, y luego presentar ante los niños/as fichas fotocopiadas. Todos y todas sabéis de lo que estamos hablando.

Nosotras en realidad, escribimos hoy para reivindicar la vida real en la escuela, no la vida programada (bajo cualquier epígrafe: unidades, proyectos, secuencias, etc). Creemos que es lo que nos está fallando, pero esto debe sustentarse en una sólida formación del profesorado, en su versatilidad y capacidad de adaptación a lo que surge espontáneamente, sabiendo exprimir su beneficio didáctico. No se nos escapa que esto acarrea serias complicaciones, ya sin entrar en las derivadas de las interpretaciones subjetivas y personales de lo qué es relevante y de lo irrelevante, ni en los problemas de coordinación entre tutoras-especialistas-apoyos, ni tan siquiera en lo que se entiende como coordinación internivel, interciclo, entre otras cosas para el establecimiento de ítemes de evaluación conjuntos. Imagínense lo que sucedería si cada maestra centrase su actuación a partir de que un niño trae una invitación para el circo o una fotografía de su hermano recién nacido, o con la noticia de que ardió un monte cercano a su domicilio. Todo esto, es el normal y si sabemos escuchar a los niños, podría dar lugar a una interminable fuente de aprendizaje, lo que no es normal es que esperemos a la primera quincena de marzo que es cuando tenemos el “proyecto” del circo, o para el mes de junio que es cuando hablamos del medio ambiente y de los incendios.

Es posible que el origen del problema esté en que desde algún lugar lejanos, alguien nos empezó a pedir cosas absurdas que todos y todas le fuimos proporcionando para no agraviarlo, aún sabiendo que eran una ficción. Pero más tarde, todas esas ficciones tomaron cuerpo de realidad, por ser algo por lo que nos pueden pedir cuentas, ya que está contemplado en la normativa. Algún día habrá que dejar de mentir y decir que infantil no es como un ciclo de Formación Profesional, con un temario y unos contenidos exactos a impartir de forma perfectamente temporalizada y secuenciada. Infantil es una prolongación de la vida en el espacio escolar donde lo realmente importante es vivir, convivir y aprender a ser, y eso no se puede programar sin conocer a los pequeños, sin saber de ellos y sin tenerlos en cuenta. De lo contrario, llegaremos a final de curso y descubriremos que no cumplimos nada de lo fijado, y esto queridos/as seguidores de InnovArte, pode conducir a que el maestro más innovador o la mejor maestra del mundo pueda ser reprendida y/o amonestada.

Hay que decidir a quien guardamos lealtad y fidelidad: a los papeles o a la educación de los niños. Por ello y desde ya, en las memorias de final de curso y en las programaciones del inicio hay que dejar de mentir y contar lo que en realidad hacemos, que no es poco, ni para esconderlo.

En la escuela infantil, vivimos y aprendemos de la cotiadianeidad de la vida real y eso no se puede prever ni programar.

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