Nuestra aportación a la educación infantil

“Los cansados”

In FamiliarizArte, ReflexionArte on 27/11/2014 at 08:42

Todas las maestras (y maestros) de infantil nos sentimos orgullosas cuando, a finales de ciclo, echamos la mirada atrás recordando cómo era nuestro alumnado cuando entró en la escuela y valoramos los cambios acaecidos en ellos en estos tres años. Esta es la mayor satisfacción de nuestro trabajo. Siempre nos parece que ya los encaminamos bien: hablan y manifiestan actitudes de compañerismo, de responsabilidad con el medio y con la sociedad, saben docenas de maneras con las que ocupar su tiempo, disfrutan con los libros, se refieren con afecto a las personas con las que se relacionan … Lo que no sabemos es qué pasa después. Más tarde, cuando vemos en los medios episodios de violencia familiar o escolar, cuando vemos comportamientos vandálicos, cuando los vemos absortos con sus smartphones incomunicados con su entorno, cuando los escuchamos en programas televisivos hablando de sus sueños (ser famosos, ir de shopping, no hacer nada…), entonces, es cuando nos preguntamos qué es lo que pasó en tan sólo diez años.

No paramos de darle vueltas a esto; leemos, reflexionamos, analizamos, pero nunca acertamos en lo que nos equivocamos escuela, familia y sociedad. Hay quien cree que es un problema educativo, hay quien le echa la culpa a la familia, hay quien piensa que la clave está en la disciplina, y quienes ponen el acento en la libertad,  o en el cambio de enfoque, del tipo que sea.

Por ello, compramos este libro en cuanto lo vimos en la librería. “Los cansados”, se presenta como una novela (que no lo es) que penetra en el mundo desconocido de los hijos y en el no menos desconocido de los “postpadres”. Los cansados son los hijos adolescentes, que, por lo general duermen cuando todos los demás están despiertos; chicos y chicas que dejan todo encendido, nada apagado; todo abierto, nada cerrado; todo empezado, nada acabado. Michele Serra, su autor, tiene una mirada implacable hacia los hijos y hacia los padres, y narra los conflictos, las ocasiones perdidas, o sentimientos de culpa, preguntándose qué es lo que pasó, cómo pasó y dónde nos perdimos.

Ya en las primeras páginas encontramos una reflexión del padre que podría dar para un largo debate.

“Pienso en lo fácil que ha sido quererte de niño. En lo difícil que es seguir haciéndolo ahora que nuestras estaturas se han emparejado, tu voz se asemeja a la mía y reclama por tanto el mismo tono y volumen, las dimensiones de los cuerpos son las mismas.

El amor natural que se siente por los hijos de niños no es un mérito. No requiere habilidades que no sean instintivas. Incluso un idiota o un cínico es capaz de ello. (…) Es años más tarde, cuando tu hijo (el ángel inepto que te hacía sentir como un dios porque lo alimentabas y lo protegías; y a ti te gustaba creerte poderoso y bueno) se transforma en un semejante tuyo, en un hombre, en una mujer, en definitiva, en alguien como tú, cuando quererlo exige las virtudes que cuentan. La paciencia, la fortaleza de ánimo, la autoridad, la severidad, la generosidad, la ejemplaridad…, demasiadas, demasiadas virtudes para quien, mientras tanto, trata de seguir viviendo.”

Una visión de un “padre titubeante”, que, con su “relativismo ético”, considera que esta generación de snobs de nuevo cuño, precisan hacer de la necesidad virtud: “habeis llegado a un mundo que ya ha agotado todas las experiencias, digerido todos los alimentos, cantado todas las canciones, leído y escrito todos los libros, librado todas las guerras, hecho todos los viajes, amueblado todas las casas, inventado y luego desmontado todas las ideas…, y pretender, en este mundo usado, oíros exclamar: “¡Qué bonito!”, veros avanzar entusiastas siguiendo caminos consumidos por millones de pasos, eso no, no queréis -podéis, debéis-concedérnoslo.

Creemos que es una lectura recomendable con la que, por momentos, nos sentiremos identificados, incluso cuando el padre, con la sinceridad que impregna todo el libro, se pregunta “Cuántas veces, en lugar de mandarte al carajo, hubiera debido abrazarte. Cuántas veces te abracé y, en cambio, hubiera debido mandarte al carajo.”

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