Nuestra aportación a la educación infantil

Cómo sobrevivir al Carnaval y no perecer en el intento

In RebelArte on 21/02/2014 at 09:00

Máscara tres-veinte, Maruja Mallo (1979)

Pensamos que no tendríamos nada más que añadir a lo ya dicho sobre la elaboración de disfraces de Carnaval en la escuelas en los años 201020112012 y 2013 , pero al parecer aún nos queda algo. Esto va camino de ser un “clásico Innovarte”.

Nos escriben algunas personas para comentarnos que aún concordando con nuestras reflexiones del sinsentido de la entrada de estos entrenimientos/aficiones/ocupaciones en la escuela no tenían fuerza o valentía de suficiente para negarse a hacerlo, entre otras razones:

-Por ser provisionales o substitutos en el centro y dado la brevedad de su permanencia deciden acatar lo que allí se determina por mayoría.

-Por no desmarcarse de lo que hacen todas las compañeras, ya que esto puede ser una fuente de conflictos o una manera de significarse, máxime cuando supone ir en contra de la postura del equipo directivo.

-Por no señalarse ante los padres y madres, exponiéndose a la crítica de que “no es buena maestra” o “es una floja”.

Así, estas personas -inmersas en sus propias contradicciones entre lo que creen que deben hacer y lo que tienen que acabar haciendo-, sufren en silencio y, como todas, finalizan elaborando 25 disfraces de lo que toque ese año.

Claro, ser discordante no es cosa fácil. Se vive mejor yendo hacia donde van todos. Se tienen menos complicaciones y se aguantan menos críticas. Es una opción: ser como todos.

Hay que tener mucha seguridad en uno mismo para defender una postura contraria a la de todos y todas las compañeras de trabajo, sabiendo que eso nos va a colocar en el punto de mira de padres y madres, haciendo que nos juzguen por esa negativa y no por toda la labor que desarrollamos a lo largo del curso con sus hijos e hijas.

Tal vez sería mejor ceder. Incluso habrá quien se pregunte si hay tanta diferencia entre hacer un disfraz o alguna de las intervenciones artístico-plásticas que realizamos. Se podría pasar el “maltrago” y dejarlo correr…, total luego vienen detrás 4 o 5 días no lectivos que ayudan a olvidar esta “traición” a nuestros principios. Podríamos hacerlo si sólo pensáramos en nosotras.

Pero si pensamos en nuestro compromiso profesional nos vemos en el deber de volver a decir ¡NO!!!

NO porque hacer 25 disfraces supone una alteración del ritmo del aula que no compensa que los niños/as estén quince días a su ventura. Luego nos quejamos de que no hay quien los aguante.

NO porque nuestro deber profesional es el de atender educativamente a los pequeños poniendo en funcionamiento los conocimientos adquiridos a lo largo de los años de carrera, de oposición y de formación permanente, atendiéndolos a cada uno según sus necesidades, capacidades y situaciones personales, no teniéndolos entretenidos para que la maestra haga de costurera para vestirlos a todos iguales.

NO porque nuestro deber es despertar en ellos el deseo de saber y de aprender, no el de esperar y estar callados mientras la maestra está ajetreada haciendo atrezzos.

Podría decir otra docena de NO pero por no repetirme, os remito a las razones ya dadas en los años pasados, ahora bien, la postura es la misma. NO, porque lo que tenemos que mostrar es que el que hacemos requiere de nuestra preparación específica, ya que, como para hacer disfraces, no vale cualquiera.

Eso es lo que debemos mostrarle a las familias para que puedan comprender que que una maestra pase el tiempo escolar haciendo disfraces es una malversación de su potencial y de su función para con el alumnado.

Y a los claustros se les debería exigir rigurosidad en el cumplimiento de sus tareas, pero esto sólo pode ser reivindicado desde dentro, con la voz de los propios docentes, pues sólo ellos saben lo que pasa en los previos a todas las fiestas. Si echamos cuentas groso modo de los días y horas dedicadas a romerías puede que entendamos que luego haya que imponer deberes y que mandar los niños a pasantías. Cuando escuchamos hablar del fracaso educativo siempre pensamos en que parte del mal está en las concepciones docentes sobre las funciones y responsabilidades de la escuela y de sus trabajadores. Esto hay que pararlo, pero sólo podemos hacerlo nosotros; los padres no saben lo que pasa dentro y se aturden con la vistosidad de un desfile; en la Universidad viven en el papanatismo de que detrás de cada disfraz hay un trabajo por proyectos o una secuencia didáctica; y la administración no podría meter mano, imagínense ustedes lo que sucedería se alguien osara decir que se prohíbe la realización de festejos, desfiles y festivales varios, se alzarían voces denunciando una vuelta al pasado más oscuro de nuestro país. Pero los docentes sí sabemos bien lo que pasa, máxime si le afecta a nuestros hijos/as, entonces somos sumamente críticos con la pérdida de tiempo escolar.

Por ello, cada quien a su conciencia profesional. Quien quiera creer que su cometido es hacer disfraces que lo haga, quien quiera dedicar su tiempo a los trapos en lugar de a los niños que lo haga, quien quiera pensar que le pagan el sueldo por andar con la aguja, con las tijeras y con los adornos que lo haga, ahora bien, que sepan que no están a hacer aquello que se les confió y por lo que se les paga. Y esto hay que decirlo así, con todas las letras y no disimulando detrás de motivos didácticos. El gran mal actual de la escuela es que se le dio cabida a todo, porque “todo es educativo”, y ahora resulta que hacen dentro lo que luego tendrían que hacer fuera y viceversa.

Tal vez decir esto sea muy duro, pero mientras no llamemos a las cosas por su nombre así nos irá.

Hay quien trata de explicar mi postura en base a que no me gusta disfrazarme por Carnaval, se equivocan en la justificación, pues así, según esos argumentos las aficiones, gustos personales y tradiciones también podrían determinar la entrada en la escuela de temas tan criticados en las redes como la caza, la política o las ideas religiosas.

Por último, y con la intención de contestar a aquellas personas que nos escribieron, ustedes deciden, si acatar, callar y hacer lo que hacen todos o se levantar la voz para preguntar para qué se hace esto. Siempre habrá quien diga que confundís el tocino con la velocidad, siempre habrá quien diga que es una tradición y que la escuela no puede estar al margen, siempre habrá quien os diga que todos tenemos mucho que rascar, cierto, de modo que hay que empezar ya a rascar si no no sé dónde vamos acabar.

Recuerden que estamos a hablando de algo más que de disfraces y de desfiles.

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  1. Interesante reflexión, la Escuela en muchas ocasiones es pura inercia.

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