Nuestra aportación a la educación infantil

¿Qué Derechos de la infancia?

In RebelArte on 20/11/2013 at 18:16

Nikolai Bogdanov

Hace años, ya muchos, en días como hoy, habría hablado con mi alumnado sobre los derechos de los niños y niñas, seguramente les mostraría fotografías o imágenes en las que se apreciase con claridad la vulneración flagrante de alguno de ellos. Con el paso del tiempo fui convenciéndome de la casi nula incidencia de estos tratamientos educativos efemerizantes y viscerales, así como fui entendiendo que era algo para trabajar todos los días y todas las horas de nuestra intervención escolar.

Con todo, cada vez que entro en Facebook, en Twitter, leo los periódicos o veo la prensa escrita no puedo dejar de renegar contra esas campañas que se hacen para hoy y se olvidan mañana. Declaraciones institucionales, homenajes, datos espantosos, festivales benéficos …, paliativos que no llegan al origen del problema, y por supuesto no ponen los medios para atajarlo.

Como decía al inicio, hoy no tuve valor para hablarle a mi alumnado de esos temas, ni de mostrarle situaciones peores que las de ellos. Se me sacaron las ganas. Por la mañana me llegó uno con fiebre y llorando, pero no podía quedar en cama porque a su madre, en su precario trabajo –economía sumergida- no le permiten ausentarse. Vi la dos niñas que por culpa de un virus gastrointestinal que está afectando al centro, no controlaron e hicieron sus necesidades encima; llamadas las madres/padres contestaron lo mismo: no podían venir a cambiarlas hasta finalizar la jornada laboral, allá por las cinco de la tarde. Otra niña disimuló la falta de merienda, diciendo que se había olvidado de ella, algo que le ocurre con mucha frecuencia. Echamos en falta a otros dos, pero pronto caímos en la cuenta de que hoy era día de mercadillo, de modo que tendrían que acompañar a sus padres, ya que estos no podrían estar a la salida del cole para recogerlos. Otro vino llorando y pasó el día muy triste porque sabía que hoy marchaba su padre a trabajar en otra comunidad –a la que tuvo que trasladarse por no encontrar empleo aquí- por lo cual pasaría una larga temporada sin verlo. El deber profesional de confidencialidad me impide contar otros dos o tres casos que bien podrían salir en esos programas televisivos que buscan la lágrima fácil. Y el resto del alumnado de la clase permanece confinado en el centro –bien atendidos, eso sí- desde las 7:30 de la mañana incluso las 20 o 21:00, sin ver a sus progenitores, sin tener un tiempo de sosiego y sin disponer de un espacio propio. De allí, irán para sus casas, que muchos comparten, habitación a habitación con otras familias. Ah, no quiero olvidarme, de que, tras el final de las clases, algunas compañeras estaban asesorando a padres y madres de cómo solicitar ayuda al ayuntamiento o a Cáritas.

Bien, pues esto fue el panorama del Día de la Infancia, semejante al de todos los demás días, y cada vez peor.

Hoy creí que lo mejor que podía hacer por estos niños, por la infancia y por sus derechos era propiciarles un espacio de serenidad, de calidez, de afectividad y de comprensión. Por lo menos que miren hacia escuela pensando que es un lugar donde se les respeta.

Y aún hay quien piensa que es en países subdesarrollados y lejanos donde no se le reconocen los derechos a los niños y niñas.

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