Nuestra aportación a la educación infantil

Tonucci en el Gaiás

In InformArte on 08/05/2013 at 08:00

Ayer asistimos a una conferencia de Francesco Tonucci en la Ciudad de la Cultura de Galicia. No recordamos el título porque esto es irrelevante, al igual que tampoco recordamos el de otras muchas que le escuchamos. Tonucci es una de esas personas que tiene tal capacidad de comunicación y de convocatoria que a nadie le importa que el substrato del discurso se mantenga a lo largo de los años, aunque de cada vez lo titule de forma diferente. Puede que ese sea uno de sus puntos fuertes, que junto con la mirada que tiene de niño hacen de él un referente mundial. Así, cientos de docentes llegados de todas partes –a pesar de que el lunes impartió en Pontevedra- nos acercamos al Gaiás a las siete de la tarde. Esto hay que decirlo para que lo sepan aquellos que le recriminan al profesorado que sólo acude a la formación cuando precisa los puntos para el sexenio; pues esto confirma que no es cierto: por esta actividad no se podía percibir bolsa de desplazamiento ni certificación.

Nos habló de que la escuela actual sigue siendo una escuela de “completamiento”, al igual que lo fue en el pasado cuando sólo era accesible para una élite,  con la diferencia de que a día de hoy se dedica a completar algo que no existe, en consecuencia, es como poner las bases en el vacío. Por medio de sus conocidas viñetas -que firma como Frato- nos fue mostrando muchas de las incoherencias y anacronismos de la escuela actual y de los maestros/as.

En una atmósfera casi reverencial escuchamos fascinados la voz serena y pausada de Tonucci que nos hablaba de la escuela ideal, haciéndonos soñar con maestros sensibles al sentir de los niños. Allí, en aquel edificio tan moderno era como si estuviésemos dentro de una burbuja irreal, con un diseño constructivo sofisticado, con la temperatura idónea, con luz clara, todo acorde, en la que nada desentona, haciendo de aquello una experiencia grata bajo condiciones controladas. Sin embargo, si mirábamos a través de las cristaleras podíamos ver un paisaje no domesticado, hermoso pero abrupto. Los cortes de las excavaciones, peñascos destrozados por la maquinaria que dejaron una brecha sin cicatrizar donde surgían desde las plantas más resistentes y autóctonas como pueden ser los tojos o los brezos, así como otras ajenas que tratan de hacerse un hueco en medio de ellas o en las agrietas de las piedras. Así visto desde nuestra comodidad de dentro, incluso parecía que esta diversidad del exterior –ahora con su esplendor primaveral- le confería una belleza que complementaba la asepticidad de laboratorio del interior. Era un hermoso contraste. Era bonito verlo desde dentro y versar sobre ello. En esa imagen bucólica y amable tan sólo “estorbaba” un viento terco que soplaba con fuerza, -en un momento hasta la voz de Tonucci se vio superada por su sonido, lo que provocó la sonrisa de los asistentes. No paró de llover y de ventar en toda la tarde, tan sólo podíamos olvidarnos del temporal si no mirábamos para fuera, a pesar de que obstinadamente éste se hacía notar. En ese ambiente cálido discurrió la intervención. Lo malo fue cuando tuvimos que marchar y vimos que fuera todo seguía igual o peor; también puede ser que ahora se notaba más, máxime después de estar tan a gusto con nuestras ensoñaciones necesarias pero también traicioneras.

Para nosotras, la visita al Gaiás siempre suponen la dolorosa constatación de la gran distancia entre lo idealmente proyectado y lo realmente ejecutado. Y ayer no fue diferente.

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