Nuestra aportación a la educación infantil

Yo voy de gallego, ¿y tú?

In RebelArte on 21/05/2012 at 08:00

Puede que aun no haya sucedido a causa de la desfavorable situación económica, pero me atrevo a augurar que, en no más de un lustro, veremos por estas fechas en los escaparates de la tiendas de adornos infantiles, disfraces de gallegos y de gallegas a la venta para participar en los actos de las Letras Gallegas.

En estos días de fiesta de nuestras letras, en la televisión y en la red abundan reportajes sobre las actividades organizadas en los centros escolares, en los ayuntamientos o en asociaciones diversas. Bien. Lástima que se focalicen tan sólo en estas fechas, pero las hay muy creativas y reseñables.

Por el contrario, también se aprecia una tendencia, a nuestro entender, perniciosa: aquella que hace ver que todo lo relacionado con la lengua parece sacado de un museo con olor la naftalina. Vimos niños disfrazados de aldeanos con sus zuecos y boinas, asociando involuntariamente la lengua al patrimonio del pasado. Como si para hablar gallego tuviésemos que volver al arado de madera y al reducto del pote en la lareira. Pueden pensar que esto no va más allá de lo anecdótico; pero es mucho más, es una idea que va calando en el subconsciente colectivo y luego pasa lo que pasa.

En el año 2004, todos los grupos parlamentarios firmaron un documento emblemático, el “Plan general de normalización de la lengua gallega“, que ya en su introducción insistía en la necesidad de entender el gallego como una lengua viva, que sobrevivió durante siglos, entrando en el nuevo milenio siendo mayoritaria, y que “como un David frente a Goliat, debe superar las dificultades y ser, a todos los efectos una lengua más en la sociedad de la información y del conocimiento. “No parecía por aquel entondes que los problemas del gallego fuesen de supervivencia, sino, más bien de adaptación al nuevo contexto social y cultural.

Se detectaba en este análisis de la situación del gallego en la enseñanza, entre los puntos débiles la castellanización de los más pequeños al incorporarse a las escuelas infantiles; el rechazo de los jóvenes por la lengua por asociarla a los viejos de la aldea; la excesiva focalización de la normalización alrededor de los actos de las Letras y de otras fiestas anuales de carácter etnográfico; la prioritaria atención en los centros a los contenidos de carácter culturalista (revista, concursos de redacción, etc.), que limitan otras posibles actividades orientadas a la transformación de los usos lingüísticos; en muchos casos, las actividades promovidas por los ENL (ahora EDL) son de carácter cultural y extraescolar (magosto, mayo, etc.), con lo que se refuerza una identicación contraproducente entre normalización y cultura etnográfica.

Se instaba también a los medios de comunicación e industrias culturales a que proyectasen una imagen de modernidad que contribuyese a una mayor identicación del gallego con el mundo moderno; y conseguir un modelo lingüístico que, manteniendo los rasgos patrimoniales del gallego, diese una imagen de la lengua acorde a las necesidades de la vida moderna.

Bien, pues ocho años después, seguimos en lo mismo, y lo peor es que muchos responsables de que esto sea así son personas que  se supone comprometidas con la lengua y con la cultura gallega, tanto desde el ámbito educativo como desde el de las industrias culturales y medios de comunicación.

Es preciso que aquellas personas que nos consideramos comprometidas revisemos lo que estamos haciendo, para saber bien hacia dónde dirigir nuestros esfuerzos. De no hacerlo así, puede que dentro de pocos años, el Día de las Letras Gallegas entre dentro del calendario de festejos en el que están las fiestas medievales, las arribadas varias, las defensas de castillos o fortalezas, invasiones, etc. Todos disfrazados y al terminar a esperar la próxima ocasión para sacar el atrezzo.

Para ser gallego o gallega hoy, no hace falla vestirse de aldeano, ni de paleto, ni de Rosalía, ni de Castelao; tiene que estar dentro de la normalidad de la vida cotidiana de cada uno de nosotros, de nuestra manera de vivir y de relacionarnos. Ser gallego o gallega es estar vivo, no precisa de sacar un día las antigüedades del mausoleo.

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