Nuestra aportación a la educación infantil

San Miniato: una realidad slow

In FormArte on 23/04/2012 at 07:51

Desde que salimos a primera hora de la mañana de Pistoia hacia San Miniato, todo parecía estar preparado para predisponernos a lo que allí encontramos. Una distancia de 30 km que hicimos por carreteras locales, que transcurrían por paisajes que se corresponden con esa imagen estereotipada que todos tenemos de la Toscana, semioculta por la bruma, pero que permitía intuir senderos de cipreses que conducen a villas en lo alto de colinas con las laderas cubiertas de olivos y romero en flor. Atendiendo a nuestro objetivo, tuvimos que resistirnos a muchos pequeños pueblos  que invitaban a quedarse en cada uno de ellos. Hacia el final del trayecto abre el día, entonces la visión es de estampa.

Según las indicaciones del GPS, llegamos a un sitio perdido en medio de la nada, lo que nos hizo pensar en que habíamos errado al introducir las indicaciones. Pero no, allí estaba la Bottega di Geppetto, el centro de documentación y formación de las escuelas de San Miniato, donde nos impartieron una sesión de inmersión en el proyecto educativo de esta comunidad.

Acto seguido, nos llevaron a la escuela Pinocchio, donde nos mostraron parte de las instalaciones y luego nos distribuyeron en grupos de 4-5 por las distintas “aulas”. Inicialmente, estábamos desconcertadas.Nos pidieron que nos sentáramos y que no interviniésemos en la escena que íbamos observar, el momento del almuerzo, a las 11:45. Quince niños/as de edades mezcladas de entre 1 y 3 años, junto con tres adultos (la educadora, la asistente y la auxiliar), sentados en las mesas en las que antes habían estado jugando, ahora preparadas para la comida con sus manteles, vajillas, cubiertos, vasos y paños, al igual que en cualquier casa. Nada era de tamaño infantil, ni de plástico. Con mucha calma y ritualismo, cada niño/a va sirviéndose la sopa, y cuando todos estuvieron listos, comenzaron a comer por su mano, con una corrección y naturalidad que nos dejó sorprendidas. La adulta que comía con ellos, no estaba allí para corregir, sino para ser modelo y ejemplo. Simplemente comía, y de vez en cuando, le daba una cucharada a aquellos que tenían menos edad aunque se defendían con solvencia. Podríamos decir que los escuchaba con los ojos y con los oídos, ayudándoles con un gesto o con una palabra, más que con una explicación. Como una familia, conversaban con tranquilidad, y terminada la sopa, cada cual puso su plato en el carrito, y volvieron a repetir el ritual de servirse el pollo con patatas aplastadas, así como el agua de una jarra. Por cierto, por si quedó alguna duda, todos tenían cara de estar felices, relajados y bien alimentados. Esto duró lol que debe durar una comida placentera compartida con amigos. Nadie les metió prisa, nadie dio ninguna orden, pero todo discurría con una calma que se nos fue metiendo en el cuerpo y nos hizo surgir muchas preguntas tales como: cómo es posible que en nuestras escuelas sean acarreados para el comedor como manadas, que coman apilados, que sean amenazados si no les gusta la comida…, ¿cuándo se convirtieron estos momentos en comidas de trabajo o en repostajes en el circuito?

Alguien se puede estar preguntando si viajamos a Italia para ver unos pequeños comiendo pollo con patatas; pues puede que fuese necesario ver que hay otras maneras de hacer más serenas y respetuosas con los tiempos de la infancia, que obtienen mejores resultados pese a que no son más costosas. Hicimos la cuenta sobre el personal que hay en nuestros comedores y viene a salir lo mismo, pero con la salvedad de que unos son “proveedores”, y otros son personas que comparten un momento grato.

Terminada la comida, todos colaboran en la recogida y limpieza, y tras eso, van a ampararse junto a la educadora que en un confortable rincón, reparte cosquillas, caricias al tiempo que lee un cuento en voz alta.Mientras tanto, de uno en uno, ordenadamente van pasando junto a la auxiliar a cambiar los pañales; vuelven sin ropa, descalzos y casi todos con chupete pasan para un espacio tenuemente iluminado en el que hay quince colchonetas; cogen sus mantas y almohadas y se acuestan a dormir.

Nosotras entre pasmadas y maravilladas, terminamos aquí la provechosa visita a este centro de atención a la infancia -nunca mejor empleada esa denominación; como apreciaréis, visto lo visto, ni siquiera nos importó que no nos dejasen tomar fotografías. Ya vimos lo que había que ver y eso no hay imagen que lo pueda transmitir. Es para pensar; la atmósfera apacible en la que viven estos niños en el centro, no podemos recogerla con una cámara. Que nadie nos hable de asistencial o educativo. Hay que recordar que son criaturas de 12 a 36 meses. Tan sólo decir que es así como nos gustaría que fuesen atendidos  nuestros hijos/as, y todos los niños/as.

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