Nuestra aportación a la educación infantil

¿Todos grises?: debate sobre el uniforme escolar

In RebelArte on 29/09/2011 at 16:18
Durante bastantes días me resistí a escribir sobre este tema, pero la campaña a favor que se está haciendo en los medios de comunicación -públicos y privados- me llevó a manifestar mi opinión. Bien sé que, con la que está cayendo en este momento, es un debate de índole menor -aparentemente, sólo aparentemente; incluso podría considerarse una cortina de humo o juegos de distracción de la opinión pública. Pese a todo, no es un tema baladí.
En los reportajes que emiten en los canales televisivos, recurren a la opinión “especializada” de expertos en psicología o pedagogía -que nadie conoce-, al tiempo que entrevistan a madres -siempre son mujeres- que glosan las virtudes y ventajas del uniforme en las puertas de colegios en los que se adoptó esta medida. A veces también cuentan con el parecer de presidentes -casi todos hombres- de federaciones/asociaciones de AMPAS; siempre tengo la curiosidad de si estas personas emiten su opinión personal y particular -a modo de líderes ideológicos- o son portavoces del parecer de las familias a las que dicen representar. Todos ellos coinciden en las bondades del uniforme. No sé si es que no entrevistan a los que discrepan, pero concuerdan en lo mismo: el uniforme es la solución a los problemas educativos (ojo, no sólo a los escolares).
El argumento más manido es el de que evita las desigualdades evidentes en la indumentaria del estudiantado. Se respalda con el económico; como todos visten “igual” desaparecen por arte de magia el marquismo y los desvelos matutinos de las madres, que ya no tienen por qué descerebrarse pensando en qué ropa le ponen a sus hijos o hijas. Una preocupación menos, o dos; ahora su hijo/a no tiene por qué sentirse inferior llevando una camiseta de marca blanca frente a su compañero que lleva la de la insignia del jugador de polo. Van a ser todos iguales y además, prometen que será barato.
Por extrañas asociaciones mentales, siempre que veo estos reportajes me acuerdo del cuento de David McKee, “Negros y blancos”. Para quien no lo conozca es una fábula en la que se nos narra la historia de un grupo de elefantes que vivían en el bosque; los había blancos y negros. Un día empezaron a mirarse mal unos a los otros por esta diferencia, hasta que se mataron entre ellos, excepto unos pocos que huyeron a lo más profundo de la foresta. Tras muchos años sin elefantes, un día reaparecieron sus tataranietos, ahora todos grises. Vivieron felices y sin conflictos por un tiempo, hasta que se percataron de que unos tenían las orejas más grandes que los otros. Para quien quiere, siempre habrá una diferencia que puede ser motivo de exclusión. Si no es la ropa, serán los peinados, o los relojes, o los móviles, o la ropa interior o la piel.

En el centro en el que trabajo todos los niños/as llevan mandilón (es una necesidad en estas edades, atendiendo a los materiales que usamos y a que no podemos estar pendientes de si se ensucian o no). Bien, pues una persona mínimamente observadora, puede sentarse en el patio, mirar los 325 niños/as con el mandilón de rayas del mismo color y hacer un estudio de la familia y de la atención o consideración que le tienen al pequeño/a: mandilones con el nombre primorosamente bordado y casi almidonado, mandilones a los que le faltan todos los botones o cada uno de ellos es de distinta factura, mandilones que parece que pasaron todo el fin de semana enmarañados  en la mochila y que vuelven el lunes más arrugados de lo que se fueron el viernes, mandilones con velcro y puños elásticos, mandilones de modisto o mandilones de mercadillo…, y así toda una variada tipología de mandilones, de niños/as y de familias. Y todos ellos son mandilones del mismo color y con el mismo motivo. Aparentemente todos iguales.
Con la diferencia de que el mandilón, al tocar el timbre de salida, queda colgado en el perchero. El uniforme no; va con ellos a todas partes. Y quiero pensar que, atendiendo al espejo en el que se miran los partidarios de esta medida, gustarán de que el uniforme sea la marca de identidad del centro. Entonces, todos iguales en el centro y todos clasificados por la calle. Un niño, hasta ahora anónimo, cuando salga al exterior del recinto, ya podrá ser catalogado de inmediato como estudiante de un centro de elite, de primera, de segunda o de tercera regional. Todos iguales en la escuela y todos etiquetados en la calle.
Otro argumento que esgrimen los partidarios del uniforme es que acabará con muchos de los conflictos hoy existentes, por lo tanto mejorará la convivencia. He leído algo sobre la violencia escolar, y hasta ahora no había escuchado tal cosa. La conflictividad escolar, desafortunadamente tiene otros orígenes, hay otras circunstancias que la favorecen y se da cuando fallan ciertas condiciones en los centros educativos -ratios elevadas, centros masificados, condición socioeconómica familiar, etc-. Si me garantizasen que se atajaba con el uniforme, ahora mismo rectificaría mi postura. Pero ejemplos como Reino Unido con el alumnado casi todo uniformado y con elevadas tasas de violencia escolar no parecen confirmar esta teoría.

Hablan también de que acabará con los problemas derivados de que el alumnado asista a los centros con indumentarias o elementos de la vestimenta con connotaciones religiosas, étnicas y culturales. Pese a que esto se presenta en un plano secundario, creo que es clave en la decisión de algunas autoridades educativas a favor del uniforme.
Se dice que evitará distracciones entre los dos sexos y que así las preadolescentes/adolescentes no irán al centro provocando como quien va a la discoteca. No creo que el uniforme oculte actitudes; por el contrario, la estética de british college es un clásico en el mercado de la pornografía y del erotismo. Es posible que se necesite un paso más “avanzado e innovador”: segregar por sexos. También hay estudios -de universidades de las que nunca oímos hablar- que avalan las ventajas de este tipo de medidas.
Está por resolver el asunto de sI se fomentarán estereotipos femeninos y masculinos a través de la vestimenta, pero puede aventurarse, a tenor de esta tendencia revival, que las jóvenes irán estilo “Patito Feo” y ellos como “old Etonians”. La puntilla idiosincrática estará en la insignia del centro; los comprometidos elegirán un trisquel y los otros, motivos más clásicos, formales y universales. Una puerta abierta a la creatividad.
Desconozco si el uniforme será económicamente rentable para las familias-para los empresarios de la rama del textil, seguro-, pero lo que sé a ciencia cierta es que las diferencias no se resuelven con un maquillaje superficial; que la violencia no se ataja con disfraces; que el respeto a los otros no se impregna en la piel a través de los ropajes; que si estamos formando a ciudadanos para vivir en sociedad, la escuela no puede ser un ghetto en el que rigen códigos distintos de la realidad en la que viven; y también sé que, pese a lo que piensen los nostálgicos, ningún tiempo pasado fue mejor.
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