Nuestra aportación a la educación infantil

La felicidad en la escuela

In EmocionArte on 25/04/2011 at 21:02

Leí como quien toma un jarabe el último éxito de ventas en Francia”No me iré sin decirte adónde voy“, consciente desde el primer momento de que se trataría de lo que luego resultó ser: un manual de desarrollo personal disfrazado de novela. Cuando veo un libro en los escaparates de las librerías con la cartela de 1 millón de ejemplares vendidos, no me puedo resistir. Creo que tiene que ver con que no me considero poseedora de la verdad, por ello, un millón de personas no pueden estar equivocadas. Un día deberíamos dedicar una reflexión a por qué estos libros se convierten en bestsellers, ¿qué es lo que buscamos los lectores?, ¿qué es lo que nos atrae de su reseña?, y sobre todo, ¿por qué se lo recomendamos a otros lectores?
El hilo del libro es hacernos ver que todos podemos ser aquello que nos propongamos, por inverosímil que pueda parecer, se enfilamos debidamente nuestros esfuerzos cara un objetivo claro; y también que la mayor parte de las veces, nosotros mismos somos el nuestro peor enemigo, somos quienes nos ponemos trabas, barreras y atrancos a nuestras posibilidades de mejora personal. Como siempre, la autoestima con algo más.
Ahora leo en varios blogs la reseña de una conferencia impartida por Emilio Duró para la Cámara de Comercio de A Coruña en el 2010 que lleva por título “El coeficiente de optimismo“. Hace cuatro años tuve ocasión de escuchar a este conferenciante a lo largo de un día en una actividad de formación de más de trescientas horas cuyo denominador común era a mejora de la calidad de la administración pública. Ya os podéis imaginar, Emilio Duró es a la única persona que recordamos de todos aquellos expertos en distintos ámbitos del servicio a la ciudadanía del funcionariado. Me acuerdo dél porque no me dejó indiferente, a pesar de que a día de hoy aún no sé si me gustó o no. Sé que me recordó a esos showman o telepredicadores americanos que comienzan su intervención con un guiño al público y con una actitud entre descarada, sarcástica y sincera mantienen nuestra atención a lo largo de su discurso. El tema central era hacernos entender que sólo nosotros podemos cambiar nuestras condiciones, que todos tenemos un coeficiente de optimismo que debemos explotar y cultivar para vivir mejor; muy en la línea de su recomendación “El secreto“. No sé bien el peso que le podría atribuir a esas aportaciones porque su valor no radica en el descubrimiento que nos hacen sino en la utilización de puntos comunes o elementos recurrentes bien enganchados y bendecidos con una acertada puesta en escena.
El psicólogo Javier Urra, acaba de publicar “Qué se le puede pedir a la vida“, en el que condensa los pasos a seguir para conseguir la felicidad, entendiendo que esta es fruto de una doble decisión: la de responsabilizarse de lo que ocurre y la de tomar una actitud positiva. Está siendo uno de los éxitos de todas las ferias del libro.
Ahora la búsqueda de la felicidad está en su momento álgido. Todos y todas queremos ser felices y no lo conseguimos. La felicidad es un mito en la sociedad actual; todo el mundo quiere ser feliz, siendo este un término bastante polisémico que cada uno entiende a su manera, hay quien hace que pivote sobre aspectos materiales, sobre el éxito laboral o sobre el ámbito afectivo emocional. Sabemos que no depende de las cuestiones materiales de las que carecemos, sino de la capacidad que tengamos de satisfacernos con el que poseemos. Pero, esta nueva “religión” en la que se rinde culto a uno mismo/a entraña los mismos riesgos que las otras: fanatismo, ceguera de pensamiento, e, igualmente, puede provocar grandes frustraciones. Si me dicen que de mí depende mi prosperidad, mi felicidad, si me envían mensajes como sólo tú puedes cambiarte, no esperes de los demás lo que tienes que hacer por ti mismo, quiere decir que en caso de que no consiga el éxito, será por la mala utilización de mis recursos “de serie”. Y esto no es tan simple, por supuesto que depende de un mismo/a, pero los otros también importan.
Como corolario de  lo anterior, decir que nos hizo pensar bastante en cómo inculcarle al alumnado a capacidad de fomentar su propio bienestar, aprovechando su coeficiente de optimismo al tiempo que cooperan en la búsqueda de la felicidad ajena. En estas edades, creemos, sólo hay una manera de hacerlo: con el ejemplo. Consecuentemente, nos preguntamos si la felicidad de los niños y de las niñas es un tema central de los debates educativos, si se contempla en alguno de los documentos programáticos del centro y si podemos afirmar que nuestras actuaciones se rigen por la búsqueda de la felicidad de las criaturas.
Para reflexionar y para debatir en el Claustro o en el Consejo Escolar, a pesar de que habrá quien diga que eso es una chorrada y que no está en el currículo.

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