Malestar docente

Hace ocho o nueve años, proliferaban las publicaciones, estudios e investigaciones sobre el malestar docente. Fue el gran tema en educación. Las nuevas responsabilidades del profesorado, tanto técnicas, organizacionales, sociales, etc, se decía, acababan provocando que fuera uno de los colectivos profesionales más afectados por la depresión, la fatiga psíquica, el estres y otras dolencias; hasta se pedía la consideración de profesión de riesgo. Se debatía, también, si las variables individuales modulaban o influían en las variables organizacionais que conducían al estado de profesor quemado. De esto habría mucho que hablar. Hay “muchas luces y sombras”. Antes de nada sería necesario volver a mirar el diccionario y cada uno de esos términos.

A comienzos del mes de mayo se presentó “Retrato canalla del malestar docente“, obra de un profesor de enseñanza secundaria, Juan José Romera López, publicado en la editorial Toromítico. Es una sorprendente reflexión sobre el estado actual de la enseñanza en los centros educativos.

No nos creemos capaces de superar la reseña de Mariano Fernández Enguita en su blog Cuaderno de campo, por lo tanto la copiamos textualmente. “En medio de este gris panorama he encontrado algo muy refrescante: “Retrato canalla del malestar docente”, magnífico libro de Juan José Romera López, profesor malagueño (Ediciones Toromítico, 2010) que me ha enganchado de principio el fin y he devorado en un par de días, sólo porque otras obligaciones me han impedido hacerlo en uno. Una profesora de bachillerato quemada y resabiada, mezcla de señora Rottenmeyer y Marujón celtibérico, apabulla a un joven profesor con la voz de la experiencia, es decir, con toda la colección de tristes banalidades que hoy alimenta el runrún de tantos claustros. Romera desgrana el discurso típico y tópico del malestar docente mediante la afortunada fórmula de una sucesión de correos electrónicos que la veterana envía al novato, y lo hace con gracia, hasta el punto de que el lector llega a sentir simpatía por los dislates de la protagonista. Pero también se toma el trabajo de glosarlos, recorriendo tanto la versión banal de esos tópicos como su expresión ilustrada por tantos analistas del desastre educativo y intelectuales despistados que han llegado a alinearse irresponsablemente con ellos. Siendo tan amplia la temática que exigiría uno trabajo enciclopédico desmontarla en detalle, el recurso de las breves glosas no puede pretender ni pretende tanto, pero sí llega, y muy bien, para mostrar la precariedad y la debilidad de los fundamentos de ese discurso circular y autista, pero cada vez más ruidoso. Una lectura muy recomendable.”

Cuando menos hay que leerlo para descartar que estemos quemados/as; siempre se dijo que los de infantil eran los menos afectados. O para reconocer a algunos asistentes a los claustros.

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