Nuestra aportación a la educación infantil

La banda del trapo

In RebelArte on 01/02/2010 at 17:32

¡No puedo! ¡Definitivamente, no puedo! ¡Puede que esté mayor, que ya no tenga alientos, o ánimos, pero no puedo hacerlo! Llegó el tan “temido” momento del Carnaval. Esto supera con mucho a la Navidad, y no vayáis a pensar que fue fácil sobrevivir a Papá Noel, al Paje real, al Apalpador, a los Reyes Magos…, pero el Carnaval son palabras mayores.

El listón está muy alto, ya no sabemos qué inventar para demostrar año tras año nuestra creatividad y originalidad in crescendo; en breve tendremos que realizar unas estancias de estudio en Canarias o en Brasil para inspirarnos en sus famosas comparsas y conocer nuevos materiales y técnicas a emplear. Lo del Carnaval gallego ya está superado, hay peliqueiros, madamas y cigarróns en cualquier punto geográfico de Galicia. Bueno es que, como este año cuadra Jacobeo, siempre podemos recurrir al “pelegrín“; ahora que ya no se peregrina por motivos religiosos; lo digo por las distintas confesiones de los niños.

Incluso parece que el Carnaval es donde nos la jugamos. Lo mejor, conseguir que todo el centro se meta en una historia, y cada clase sea una parte o personaje de la misma: de feria medieval, de fondo del mar, de cuentos infantiles, de diversidad étnica (muy multicultural si no fuera por los tópicos); por el contrario, en estos casos siempre hay alguien si queja de que le tocó lo “menos vistoso”.

El gran día, algunos padres y madres hasta solicitan permiso para ausentarse de su trabajo y acudir al desfile, en algunas villas se corta el tráfico, todo son nervios, contratiempos -la lluvia siempre desluce y deteriora los trajes- e imprevistos de última hora. Las criaturas sudorosas y cansadas desde primeras horas de la mañana, saben que para lograr sacarse los disfraces tienen que esperar al paseíllo, a los reportajes gráficos y a que pase la pantagruélica sesión -a deshora- de degustación de productos típicos del Carnaval, que dicho sea de paso, a muy pocos les gustan.

Sé un secreto, cuando los niños son pequeños a muy pocos les gusta ir disfrazados de lo que les tocó en la escuela; siento decirlo, pero ahí las hadas, brujas, Batman, Spiderman, el Zorro, Bob Esponja, reinas, princesas y piratas nos ganaron la partida; ¡nuestra elección, seguro es más “educativa” pero que le vamos a hacer!

Hubo un hecho que marcó un hito en los disfraces escolares, la aparición de las bolsas de plástico de colores. Con una grapadora, cinta adhesiva, pegamento y pegatinas, las bolsas conseguían su máximo esplendor. Hay un antes y un después de las bolsas de colores. Poco a poco las empresas comerciales de material escolar vieron el filón y nos brindaron todo tipo de adornos que permiten dar rienda suelta a  nuestra  vena diseñadora y creativa. Por cierto, ahora encontramos bolsas todo el año, será porque también se hacen disfraces en los talleres de ocio de Navidad, en los del verano, en los de Semana Santa …

Tras el patronaje, cuando  hacíamos el prototipo o versión Beta de los disfraces casi nos llegábamos a emocionar, lo malo, hacer los veinticuatro restantes; pero bien, para eso siempre se dice que las de infantil somos el colectivo más activo, implicado y creativo, ¿no? Y si no, también cabe la posibilidad de pedir la colaboración de los padres y madres; los de estas edades se prestan a casi todo lo que les pidamos en el centro. Otra posibilidad es la de mostrarles el “prototipo” y que cada cual arregle el del su pequeño/a; he visto madres resollando entre el Todo a cien y el Bazar chino, pero no todas, algunas hasta esperan con ilusión estas fechas.

No nos engañemos nuestro alumnado no puede hacer todos esos atrezzos. Y como siempre, vuelvo a preguntar: ¿y todo esto, para qué? Ya conozco la respuesta de que es para evitar las diferencias evidentes entre ellos, de esta manera los uniformamos a todos y asunto resuelto. Y vuelvo a preguntar: ¿Estamos seguras de que estos disfraces realmente les gustan a los niños y niñas? También conozco la respuesta de que formando parte de un proyecto, la fiesta vendría a ser el colofón de la experiencia didáctica.

No vayáis a pensar que digo todo esto por no pasar el trabajo de hacer los disfraces; confieso que tuve desvelos y que me devané los sesos pensando en cómo darle el corte a un pantalón de torero para que quedara pegado al cuerpo, o cómo conseguir que los rabos de los ratones quedaran levantados y enrollados. Pero con la distancia precisa vuelvo a hacerme las mismas preguntas. También puede ser debido a que tengo una clase de veinticinco niños de tres años y sólo de pensarlo me corre un sudor frío por el espinazo.

No cuento nada nuevo si digo que a los niños y niñas les gusta disfrazarse, transformarse en otro o en otra con un simple paño, o con unas gafas, o con un sombrero, y si les dejamos maquillajes ya ni os cuento… por lo cual yo lo tengo claro, me desmarcaré y me afiliaré a la “banda del trapo”. Les facilitaré trozos de tela y adornos, collares, coronas, paños, cinturones y que cada cual se disfrace en estos días como quiera. Argumentos no me faltan:

1º El etnográfico: el Carnaval tradicional consistía en ponerse ropas viejas y ocultar el rostro pintándolo con un tizón y de esta manera recorrer las aldeas pidiendo limosnas.

2º El ecológico: por ser coherentes con los principios de la sostenibilidad y del consumo responsable.

3º El pedagógico: porque la creatividad se desarrolla, básicamente, con la práctica.

4º El lúdico: porque si es una fiesta para disfrute de los niños y de las niñas, tiene que hacerlos disfrutar, a ellos.

Y sobre todo, porque tengo muy presentes las palabras de Concepción Arenal, en 1881, con las que iniciaba este blog, pero que vuelvo a recoger aquí y que cada cual las entienda como quiera:

“Para que la maestra sea la que debe ser es necesario que deje de ser niñera, y además que no enseñe labores manuales, enseñanza que tal como hoy la da, de nada o de poco sirve, y que hace imposible la literaria.(…)”

Nota: Como siempre, exagero mucho en mis narraciones, pero que nadie se ofenda porque estaba hablando de mí misma. Recorrí el mismo camino que todos pero ahora quiero pararme, reflexionar y no dejarme arrastrar por inercia y rutinas analizando con mucho cuidado sus ventajas y desventajas.

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